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Berlín o las dos caras de una misma moneda

Berlín despierta sensaciones contradictorias. Yo he venido seducido por las muchas voces que hablan de ella como La Meca de las tendencias más vanguardistas y convencido de encontrar aquí el movimiento y la pujanza propia de las ciudades en reconstrucción. Y, en parte, así es. Sin embargo, la capital alemana me ha atrapado más por su pasado reciente, visible a cada paso, que por su fuerza y juventud, que obviamente también atesora.

Observará el viajero fácilmente que la inercia que empuja a Berlín a construirse solidariamente sobre dos visiones no sólo opuestas, si no durante medio siglo enfrentadas, no ha evitado (por suerte para el observador) la persistencia de dos espacios más o menos identificables. Es por eso que la capital germana carece en realidad de un centro que, bien por su carácter histórico o bien por su atractivo comercial, se erija como referencia de indiscutible magnetismo. De hecho, una de las sensaciones más acusadas que me llevo de Berlín es que, salvo en el K’damm (centro comercial de la Berlín occidental), el tránsito de gente es relativamente escaso. Eso descoloca bastante si pensamos en la capital de la primera potencia europea, pero se debe a buen seguro a la dispersión de diferentes zonas de centralidad urbana que conformaron en buena parte las dos ciudades de nueva planta que comenzaron a reconstruirse tras las devastadoras consecuencias que la II Guerra Mundial.

Berlín es toda una lección de Historia contemporánea. Lo es en la arquitectura, tanto la que sobrevivió o pudo ser recuperada tras 1945 (teatros, catedrales y museos neobarrocos o neoclásicos estupendos), como la moderna que se levanta sobre los numerosos solares arrasados durante la guerra; y lo es también en el ejercicio permanente y casi omnipresente de introspección y memoria de lo perpetrado. Tanto, que abruma pensar en el grado de vergüenza nacional que hubo de despertarse pasada la gran guerra. Los numerosos centros, tanto religiosos como sociales y culturales, que la comunidad judía de Berlín conserva en la ciudad son buen testigo de todo ello. El Jüdisches Museum, aporta, además de una arquitectura sorprendente, un testimonio del pueblo judío que trasciende los tópicos y sitúa el sionismo originario en unos parámetros culturales y cívicos que nada tienen que ver con su actual deriva radical.

Los antiguos cuarteles generales de las SS y de la Gestapo, cuerpos policiales del régimen nazi, reconvertidos ahora en pabellones para la descripción del terror infligido, o el más reciente memorial del holocausto, en las inmediaciones de la Puerta de Brandenburgo, ejercen un papel de recuerdo y respeto que llegan a lo autoinculpatorio. Se describen los episodios del exterminio con absoluta crudeza y, lo que es aún más interesante, se adentran en aspectos escabrosos de la psicología colectiva, que, inicialmente pretendió pasar página con sentencias vergonzantes de punto final.

Pero, claro está, Berlín cuenta también con una apasionante vida nocturna para todos los gustos. Nosotros el sábado nos atrevimos con una fiesta en una antigua fábrica, que resultó ser toda una experiencia. Berghain (www.berghain.de) se celebra en un pabellón situado en un descampado alejado de cualquier trama residencial, abre sus puertas a partir de las 01h y reúne a lo más moderno de la city. Hay varios ambientes diferenciados en estancias fabriles de gran altura y los mejores DJ del panorama europeo pinchan techno y house en un clima clandestino al que se accede tras esperar cola (salvo que vayas para las 00h), y tras una minuciosa inspeccion de seguridad a la entrada. Un must, vaya.

El domingo noche también acertamos con una fiesta de ambiente de nombre GMF, en pleno AlexanderPlatz, en el piso 15 de un rascacielos desde el que se divisan algunos de los mamotretos que, en forma de edificios, se dispusieron durante la guerra fría en la Berlín oriental. A no perderse (www.gmf-berlin.de).

A la hora de comer o cenar, recomendamos vivamente Holyfields, un sofisticado local casual en pleno Unter den Linden que, amén de una comida variada y asequible, ofrece el atractivo de ser un selfservice de última generación tecnológica. Una cucada con conexión wifi gratuita.

En fin, no creo que pueda decirse que Berlín sea bella o tenga encanto, al modo de la gran mayoría de las capitales de Europa, pero es una experiencia única por su desarrollo arrítmico y por contener casi todo lo que se espera de una gran ciudad: contradicciones, conflictos, patrimonio cultural, vanguardia artística y libertad. Mucha libertad.

 

Denis Itxaso