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Londres se prepara para organizar en 2012 los Juegos Olímpicos y deja entrever ya algunas muestras de especial “cariño” al visitante. Admito que es una sensación personal e intransferible, pero creo que hay algo en la actitud de los londinenses que también va cambiando. Y es que, desde la última vez que fui a Londres, he detectado algunas novedades en infraestructuras y servicios como las bicicletas de alquiler, la señalética peatonal o los mapas urbanos en la vía pública, que demuestran la preocupación por dotar a la ciudad de comodidades para su mejor conocimiento. Pero más allá de eso, nunca había experimentado la calidez y amabilidad de los lugareños como en esta ocasión. Eso sí, para compensar, se nota un aumento de los precios. Si siempre es caro, a mí en esta ocasión me lo ha parecido un poco más.

Tras varias visitas, este puente se presentaba como una ocasión perfecta para ampliar el horizonte londinense y tratar de no repetirme, al menos, en lo prescindible. Hay una Londres alternativa a los circuitos más convencionales y recurrentes que pasan por museos, monumentos y elegantes calles comerciales. Y se diga como se diga, La monarquía británica, aparentemente tan contestada, sigue arrojando pingües beneficios y buena parte de los cebos turísticos aún pasan por la veneración isabelina. De todos modos, en este puente por fin he podido resarcirme de algunas asignaturas que tenía pendientes desde hace tiempo.

Aprovechando el buen tiempo que nos ha acompañado, frío pero despejado, hemos visitado los Royal Botanic Kew Gardens, un parque victoriano de 120 hectáreas a las afueras de Londres, creados en 1759 cerca de Richmond. Arquitectura botánica de época en forma de invernaderos, y edificios singulares en medio de la más variada representación de vegetaciones de los cinco continentes. Y si a eso le añadimos el café con tarta de manzana que comimos a la salida, en un local llamado Kew GreenHouse -un entrañable negocio con su inglés espigado y gafas que se deslizan por la nariz, pasteles de carne y manteles de cuadros-, la experiencia matutina auténticamente inglesa resultó gloriosa. Sólo nos faltó la casaca de los domingos.

Otro de los descubrimientos de esta incursión por la capital británica fue Primrose Hill donde se encuentra uno de los parques más queridos y populares de Londres. Sobre lo alto de la colina, en la franja norte de Regent’s Park, es posible organizar un picnic con amplísimas vistas de la ciudad y disfrutar de un envidiable emplazamiento desde el que ver a la gente pasar. La manera más práctica de acceder es aprovechar la consabida visita al mercadillo de Camden Town y, desde allí, avanzar 15 minutos andando hasta acceder a la colina desde su parte trasera, por el encantador barrio jalonado por pequeños comercios y locales con terraza.

Por cierto, Camden está en decadencia a mi parecer: se repite, se colapsa y cada vez está más sucio. Portobello resulta mucho más atractivo. O eso, o me estoy haciendo viejo, una de dos. En este mercadillo de Notting Hill se pueden encontrar pequeñas tiendas con muy buen género inglés y escocés, a precios bastante más competitivos que los del centro de Londres. La visita es, sin duda, más relajada, sin agobios ni tanta fritanga estresante como en Camden.

Un atractivo que queda ligeramente apartado del circuito turístico es Borough Market, a dos pasos de la Tate Modern. Pilas y pilas de ruedas de queso, abetos navideños, hogazas de pan pulcramente alineadas, y todos los manjares que uno sea capaz de imaginar. Los orígenes de Borough Market se remontan al siglo XIII, y desde entonces siempre ha habido aquí gente queriendo vender su género. Este rincón de Londres abre sus puertas los jueves viernes y sábados, y conviene ir con apetito…

Regresar a la Abadía de Westminster es un must. Y tras la segunda experiencia, tengo claro que merece la pena acudir al EvenSong, la misa cantada de las 5 de la tarde en la que participa el coro de niños de la Abadía acompañados del órgano. La entrada, a diferencia de la de turistas, es gratis, y permite el acceso a lugares que no son visitables por los visitantes ocasionales. La ceremonia es muy chula y la experiencia merece la pena.

En el terreno de los restaurantes, recomendamos Bennett Oyster Bar. Un local de moda en Battersea Square, un barrio al sur del Támesis, al que se puede llegar cogiendo el Bus 49. Jazz en directo, gente guapa, mariscos y cocktails a buen precio. Divertido y acogedor.

Y, si el interesado viaja antes del 5 de febrero, recomiendo vivamente no perderse la exposición estrella del año en Londres: Leonardo da Vinci, un pintor en la corte de Milán. Una de las pocas ocasiones que se han dado para conocer casi en su totalidad la obra pictórica del pintor en sus años de formación, que si bien inició muy pocos trabajos sobre lienzo, todavía fueron menos los terminados. Destaca La Dama del Armiño, que pertenece al Museo Nacional de Cracovia, y se echa en falta la Mona Lisa, que no fue cedida por el Louvre. Impresionante la exploración sobre el mural de La última Cena con una réplica estupenda de uno de los discípulos de Leonardo, visible en la expo.

En resumen, siempre hay una buena excusa para viajar a Londres, cierto es. Pero la cita olímpica que amenaza con convertirla en una capital más cara aún si cabe, y las inciertas consecuencias que sobre el cambio de la Libra pueda tener la  decisión del gobierno británico de quedarse fuera de los nuevos tratados sobre el Euro, aconsejan no postergarlo demasiado.

  1. vicky pizarro dice:

    Estuve hace tres semanas, si hubiera tenido tus sugerencias, las habría disfrutado. Besos. Super de moda el “Barbecoa”, en la City, tan de actualidad, por cierto, de Jamie Oliver, el tipo que intenta que los british coman bien.

  2. denisitxaso dice:

    Hola Vicky! Pues sí, de hecho estuvimos en el Barbecoa, y llegamos a reservar sitio para cenar, pero nos dieron para muy tarde y finalmente sucumbinos al hambre y cancelamos la reserva. Pero tenía muchas ganas de conocer el local de Jamie Oliver (la próxima vez será).

Denis Itxaso