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Bretaña y Normandía, tierras de luz y mareas

Esta pasada Semana Santa he podido por fin disfrutar de un viaje precioso a Bretaña y Normandía, que llevaba años queriendo conocer. Puede a primera vista parecer un viaje menor, pero en mi caso, ha superado las expectativas que me había figurado.

El viaje en coche nos llevó hasta la Bretaña de tirón, donde nuestros planes pasaban por conocer la costa recorriendo el perímetro de la península, empezando por Vannes para terminar en Saint Maló pasando por el Finisterre francés o la Pointe du Raz. Se trataba después de seguir hacia el norte adentrándonos en la costa de la Baja Normandía y las playas del desembarco sin perder la oportunidad de conocer el Mont Saint Michel. El viaje terminaría con una pequeña incursión final en la costa de alabastro de la Alta Normandía, para regresar, también de tirón, a casa.

Aunque son dos regiones contiguas, Bretaña y Normandía sólo se parecen en la sidra, los crépes y los mejillones. Ambas esconden paisajes pictóricos de verdes praderas, bosques, acantilados, y unos cielos cambiantes que proyectan una luz única, con nubes que parecen sacadas de un lienzo impresionista. Pero tanto sus gentes como su Historia, las convierten en territorios singulares.

El carisma de los bretones resulta seductor, por amable y generoso. La geografía costera es escarpada; los golfos, los islotes y los cabos se suceden dibujando un horizonte imprevisible, siempre azotado por el viento. La arquitectura medieval de pueblos como Vannes al sur, o Dinan al norte, han sobrevivido a los desaguisados de las guerras. Ambas son ciudades amuralladas con callejuelas adoquinadas jalonadas por edificios de madera, adobe y piedra. La primera ejerce de núcleo principal del Golfo de Morbihan, una gran bahía con cuya fisonomía juegan metódicamente las mareas. Abierto al mar por un estrecho estuario, Morbihan está salpicado de pequeños islotes a los que es posible acceder desde el puerto de Vannes, de donde parten todo tipo de pequeños Ferrys. Si, como nosotros, no se dispone de demasiado tiempo, una buena solución puede ser embarcar a la isla D’Arz, a escasa media hora. Una vez allí, se puede recorrer el istmo dando un paseo de hora y media entre playas y chalets de veraneo.

Para playas las de Quiberon, una península perfecta unida al mar por una delgada línea de tierra y donde además pueden disfrutarse un conjunto único de menhires en la vecina Carnac. Puede escogerse entre playas expuestas al viento atlántico del norte como la Sauvage, perfecta para el surf o las cometas; o playas más abrigadas, urbanas y equipadas como la de Quiberón, al final de la península.

Y para paisajes los de la Pointe du Raz y Pointe du Van, el antiguo fin del mundo, con permiso del Finisterre galego. Se trata de un parque protegido tras décadas de explotación turística incontrolada y pérdida de vegetación. La panorámica oceánica impagable que ofrece el cabo, la fuerza simbólica del punto geográfico donde antaño tantos buques encallaron, la Virgen de los Náufragos enfrentada al fuerte viento, el faro vigía del tráfico marítimo, las grandes moles de piedra que se resisten a abandonar el Continente, todo ello dibuja un espectáculo difícil de igualar.

Cerca de allí se encuentra la pequeña villa pesquera de Douarnenez, que parece escalar sobre la pronunciada ladera que nace del puerto-estuario que le confiere un carácter marinero. Pero lo más destacable en este lugar fue sin duda el alojamiento Ty Mad, un coqueto hotel con una decoración relajante y una atención exquisita. Las habitaciones (nunca me habían dado a elegir), todas distintas, gozan de unas vistas extraordinarias, tanto si es al mar como si es hacia el pueblo, y el paseo de borde que parte desde allí mismo es otra delicia para los sentidos.

De allí retornamos por el interior de Bretaña hacia las últimas localidades que lindan al norte con la vecina Normandía. Saint Maló es una ciudad portuaria con añeja tradición turística y cuya fallida reconstrucción tras ser devastada en la II Guerra Mundial, la asemeja más a un cartón piedra. Merece la pena sin embargo hacer el recorrido completo por las murallas transitables que la fortifican. Más atractiva resulta Dinard, una pequeña ciudad-boutique que recuerda a Biarritz por su sofisticación y elegancia. Galerías de arte, tiendas de tés, restaurantes de comida internacional, y su propio festival de cine incorporado le conceden un aire más snob. Otra pequeña localidad costera, sin nada en común con con la anterior, es Cancale, un auténtico santuario para los aficionados a los crustáceos y particularmente a las ostras, que se cultivan en los alrededores de su costa y se exhiben y comercializan en puestos ambulantes donde incluso pueden degustarse. Por último, el turista no debe perderse Dinan, ya comentada anteriormente, que conserva un centro histórico medieval amurallado y pintoresco, y ofrece un agradable ambiente de terrazas, cafés y creperías.

Ya en Normandía, la primera visita obligada es el Mont San Michel, uno de los enclaves más visitados de Europa, por turistas y peregrinos. Nada que añadir a la legendaria estampa de este islote que emerge sobre las aguas arenosas y de entre la niebla, levantando un pequeño pueblo que soporta, a su vez, una majestuosa abadía que corona el monte. Nos hizo un maravilloso día lluvioso y cargado de brumas, por lo que la experiencia resultó plena y genuina.

A Normandía llegamos con la ansiosa curiosidad de quien se ha tragado todas las películas y documentales sobre el desembarco que el 6 de Junio de 1944 permitió el contraataque de las fuerzas aliadas contra Hitler y la consiguiente recuperación de la Francia ocupada. Y a fe que logramos saciar toda esa curiosidad, a base de playas, bunquers defensivos, pueblos reconstruidos, centros de interpretación, memoriales y cementerios militares. Las cinco playas en las que se produjo la magna operación anfibia y aérea -Utah y Omaha a cargo del ejército americano, Gold y Sword a cargo del británico y Juno a cargo del canadiense- cuentan con su centro de interpretación propio que explica las vicisitudes tácticas y operativas que se escondían detrás de cada una de ellas. Pueden resultar repetitivas pues hay elementos comunes de la Historia en todas ellas. Sin embargo, en algunos casos aportan datos muy significativos que, al menos yo, había pasado por alto hasta ahora.

De entre todo lo visto, destacaría el simpático detalle del pequeño pueblo de Saint Mére Eglise, inmortalizado en la

mítica película “El día más largo“, por el paracaidista que sufre el infortunio de quedar enganchado en una de las torres de la iglesia, y expuesto al tiroteo alemán. El pueblo tiene su propio centro de interpretación sobre el desembarco, en este caso dedicado a las brigadas paracaidistas aerotransportadas 82 y 101 que esa noche poblaron el cielo normando. Muy cerca se encuentra Utah, la playa más occidental de todas las del desembarco, con un pequeño Museo bien diseñado, con buena didáctica y variedad de piezas originales de la contienda. Siguiendo por la costa hacia el Este, la siguiente parada de interés puede ser la Pointe du Hoc, aquel cabo escarpado en el que desembarcó una patrulla de Rangers americanos que tuvieron que encaramarse a la costa empleando largas escalas para superar los acantilados mientras eran repelidos por la defensa alemana. Allí se conservan los cráteres que formó el bombardeo naval así como varios bunquers alemanes y las alambradas que jalonaban toda la costa como parte de lo que dieron en llamar el Muro Atlántico.

De entre los numerosos cementerios militares que albergan las decenas de miles de combatientes abatidos durante la Batalla de Normandía que transcurrió entre Junio y Agosto del 44, nosotros visitamos dos: uno alemán, en el pueblo de La Cambe, y otro estadounidense en Saint Laurent sur Mer. Merece la pena hacer el ejercicio comparativo de distinguir “las siete diferencias”. Recogimiento -cuando no soledad- y sobriedad, frente a pompa y cierta grandiosidad; cruces blancas, cruces negras, etc. Merece la pena, verdaderamente.

Otro punto de interés es el pequeño museo de Arromanches, que si bien museográficamente no aporta gran valor -es más chabacano y anticuado-, nos cuenta la impresionante intendencia que movilizaron las fuerzas aliadas para construir dos puertos flotantes (Mulberry) frente a las playas, que les permitiesen desembarcar el instrumental y los víveres para abastecer a las tropas tierra adentro. El operativo, incluidos unos enormes diques construidos en astilleros del Támesis y que transportaron por el canal hasta hacerlos varar frente a las playas para hacer frente a los temporales, resultó colosal, y aún quedan vestigios de todo ello.

Quizás el mayor valor añadido lo aporte el Memorial de la Paz de Caen, ciudad capital de la baja Normandía, que ofrece al visitante una buen aspecto urbano, con calles peatonalizadas, terrazas, bastante comercio, y patrimonio histórico y cultural relevante. En el Memorial, se ofrece un relato social y político de lo más atractivo, con más preguntas que respuestas, sobre el caldo de cultivo que dio origen al alzamiento de los totalitarismos en los años 30, y a los inescrutables mecanismos humanos que conducen al horror de una guerra y un holocausto como el vivido durante el siglo XX. Todo un complejo y ambicioso proyecto cultural especialmente dedicado a la memoria y la pedagogía pacifista.

Como todo buen colofón, lo mejor quedó para el final. La Alta Normandía esconde en Etretat, unos acantilados de ensueño. La Costa de Alabastro ha resultado ser una inesperada sorpresa que nos obligó a estirar algo más de 100 kilómetros nuestro periplo, por encima de Caen, pero que nos reportó unas panorámicas insuperables del caprichoso moldeado que la erosión del viento y el mar han dibujado sobre estos gigantescos frontones de piedra blanca y playas de guijarros.

Y esto ha sido todo, amigos. Si algún día tenéis la oportunidad de hacer este viaje, espero que estas líneas os ayuden a escoger entre tan amplia y seductora oferta.

  1. Graciela dice:

    me encanto y me sirve muchisimo el excelente comentario amplio que has hecho sobre los lugares, que prontamente conoceremos, desde ARgentina te saluda Oscar y Graciela.

Denis Itxaso