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Que la crisis económica y social por la que atravesamos ha conducido al descreimiento de la política es un efecto que ya puede observarse en numerosas encuestas de opinión. También se evidencia que ese desapego no parece repartirse por igual a lo largo y ancho del espectro ideológico, porque el nivel de exigencia de la izquierda sobre valores y principios acostumbra a ser mayor. Y la socialdemocracia europea sigue teniendo ante sí el reto de recobrar credibilidad como corriente generadora de riqueza invocando el crecimiento como única receta para hacer sostenible el Estado Social. Hoy por hoy, ello se traduce en promover una actualización del acuerdo entre trabajadores y empresarios y también una productividad asociada a menores costes energéticos, y a un aumento del valor añadido a través de la innovación y la reinversión de los beneficios.

Una gran cantidad de ciudadanos que no se posicionan militantemente de derechas ni de izquierdas, que coinciden con discursos de cariz liberal en el campo de los derechos civiles y libertades fundamentales, esperan escuchar un programa económico valiente, que identifique los futuros nichos de empleo de acuerdo con los recursos y capacidades del país y que hunda sus raíces en un acertado diagnóstico de los males que aquejan a los patrones clásicos de crecimiento. Y aquí está el problema. Las recetas financieras de austeridad que se han impuesto en la Unión Europea sobre los gobiernos soberanos del Sur, han consolidado una idea de subsidiariedad y obediencia acrítica de estos, y ha entrañado un debilitamiento preocupante de la voluntad transformadora que siempre ha caracterizado a las fuerzas progresistas. Y sigue siendo evidente que para redistribuir la riqueza, primero hay que generar las condiciones para que ésta se pueda crear.

En este contexto, seguimos preguntándonos dónde están las posiciones de cambio propias de la izquierda, y tratamos de elaborar propuestas que conformen un ideario renovado que resulte solvente, que pueda al mismo tiempo revestirse de un relato que apele a los valores clásicos del progresismo. Porque a medida que avanza la crisis y el deterioro del Estado de Bienestar deja a la intemperie a un mayor número de personas, más claramente se revela la vigencia del proyecto socialista originario que ha tenido en la lucha contra la desigualdad social su más genuina declaración de principios.

Ahora que se avecina una contienda electoral trascendental para el rumbo futuro de la Unión Europea, la izquierda apela a sus lugares comunes, cuya viabilidad ha sido puesta en solfa por primera vez desde la II Guerra Mundial. El Estado Social ha retrocedido sobre sus propios pies, pero no sólo por los embates de una derecha neoliberal que hace abstracción del concepto de ciudadanía hasta rebajarlo a niveles indignos, sino también por una autosuficiencia de quienes creímos que aquellas conquistas no tendrían vuelta atrás y consideramos por error que consolidaban derechos blindados al margen de la marcha de la economía. Y es que al desarrollo de un sistema universal y gratuito de sanidad, de una educación pública de calidad que garantiza la igualdad de oportunidades o del disfrute de un sistema de pensiones tras la jubilación, no le ha acompañado ninguna labor pedagógica que ponga en valor lo logrado y la necesidad de seguir sosteniéndolo como parte esencial de nuestro modelo de democracia.

Cuantos nos consideramos progresistas debemos salir en defensa del Estado Social pero alumbrando una versión renovada y actualizada del mismo, en la que, además de reforzar el compromiso político y legal en su vigencia, despleguemos toda una cultura cívica que haga hincapié en su sostenibilidad. En los tiempos que vivimos, debemos ser conscientes de lo que cuestan las cosas que sufraga el Estado y exigentes con el modo en que se gestionan los servicios; debemos poder identificar el uso –que no el abuso- para el que está diseñado el servicio de urgencias de un hospital; debemos apostar por el servicio público de transporte porque cuanta más gente lo usa más eficiente resulta; debemos concienciarnos con el reciclaje de residuos porque las infraestructuras construidas están dimensionadas para un uso más intensivo, y el vertido entraña costes ambientales inasumibles; debemos acostumbrarnos a un grado de iluminación más tenue de nuestras calles y plazas y a prestigiar todo tipo de medidas de ahorro energético; debemos contribuir al buen mantenimiento del mobiliario urbano; debemos asumir que pagar impuestos forma parte del sistema de redistribución equitativa de la riqueza; debemos evitar con nuestra oposición que proliferen actitudes que dañan el interés público; y debemos también conservar un sentido crítico y vigilante del destino que los gestores públicos damos al dinero que es de todos.

Es posible que el batacazo que nos hemos llevado en el último lustro nos ayude a reaccionar, pero nada ni nadie garantiza que no vayamos a perseverar en los mismos errores que nos condujeron inconscientemente al barranco por el que se precipitaron buena parte de nuestros planes de vida. De hecho, aún hay demasiada gente que espera encontrar al salir del túnel –si es que salimos- el mismo paisaje que imperaba cuando entramos en él. El desafío colectivo de salir reforzados de este negro agujero también requiere de una revolución cultural que haga prevalecer el profundo sentido cívico, funcional y solidario que inspira al Estado de Bienestar, que puede ahorrar costes sin recortar derechos, desmontando así, uno a uno, los descarados prejuicios que emplean quienes tienen verdadero interés en desmantelarlo.


El Estado Social 2.0
DENIS ITXASO MIEMBRO DE LA EJECUTIVA GUIPUZCOANA DEL PSE-EE
Diario Vasco
2 marzo 2014

Que la crisis económica y social por la que atravesamos ha conducido al descreimiento de la política es un efecto que ya puede observarse en numerosas encuestas de opinión. También se evidencia que ese desapego no parece repartirse por igual a lo largo…Leer más…


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  1. Jude dice:

    O sea, que la autocomplaciente socialdemocracia europea debe asumir una “ducha de realidad” ¿no? 🙂

    • denisitxaso dice:

      Aupa Jude… Sí, más o menos. Pero acto seguido rearmarse para volver a conquistar espacios de protección social perdidos.

      No se trata de prestigiarse sólo a base de gastar, sino de aprender a gastar de modo eficiente y evitando despilfarros.

      ¿No te parece?

Denis Itxaso