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Estocolmo, la amabilidad urbana

La capital sueca es una de esas ciudades amables que preservan como pocas el equilibrio entre la realidad urbana, caracterizada por el conflicto, la inmediatez, la polución y el consumo; y el respeto al medio natural, que ofrece en Estocolmo y sus afueras bellas estampas e infinitas oportunidades de recreo y contemplación. Esa armonía dota de carácter a la ciudad y convierte una estancia estival en plácida y delicada experiencia. Lo peor, de largo, siguen siendo los precios, muy alejados aún de la capacidad adquisitiva media de un español. Por eso, y porque parece una forma inteligente y ventajosa de viajar, nuestras vacaciones han consistido en un intercambio de casas con una pareja sueca.

Alquilar una piragua y pasearse por el centro de Estocolmo descubriéndola "a vista de pato" es un planazo

Alquilar una piragua y pasearse por el centro de Estocolmo descubriéndola “a vista de pato” es un planazo

Si hay algo que condiciona unas vacaciones en una ciudad, es la movilidad. Salvar las distancias desde donde uno se hospeda hasta cualquiera que sea el destino del día suele convertirse en una cuestión económica y física a dilucidar convenientemente. Por eso nosotros optamos por la bicicleta pública. A partir de una estancia superior a los tres días merece la pena adquirir una tarjeta de temporada, que cuesta al cambio unos 30€ y te permite un uso ilimitado del servicio, con la ventaja de que existen un montón de puntos de recogida y el inconveniente de que no puedes quedarte con una bici por más de tres horas seguidas y de que el último préstamo no puedes devolverlo más allá de la 1 de la madrugada.

Como de costumbre, me ahorraré hablar de los atractivos principales de la ciudad porque están al alcance de cualquiera, tirando de guías turísticas. Sólo diré que el National Museum está cerrado por obras y sus pinturas más destacadas se exhiben temporal -y gratuitamente- en el Konstakademien; y que el Vasa, a mi juicio, tiene casi más interés por la manera en que exhibe una de las mayores pifias de la Historia sueca, que por su atractivo arqueológico, que obviamente lo tiene, y mucho. Pero yo destacaría el Fotografiska, una galería de aspecto fabril a orillas del canal en la que se programan exposiciones temporales de los mejores fotógrafos del Mundo con temáticas variopintas y comprometidas, y que cuenta además con una terraza muy animada a la entrada en la que algún joven pincha música a diario. Ya dentro del Museo, existe un espacio para comer algo fácil con una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad. La otra aportación a la cultura que destacaría es el Moderna Museet, un centro de arte contemporáneo en la isla de Djugärden que atesora una de las mejores colecciones europeas con obras de Munch, Kandinsky, Picasso, Dalí, Modigliani, Klein, Cèzanne y un largo etcétera de artistas modernos de primer orden.

La terraza del restaurante Hjerta, cerca del Moderna Museum, es un lugar fantástico para tomar un café con vistas hacia la isla Djugärden

La terraza del restaurante Hjerta, cerca del Moderna Museum, es un lugar fantástico para tomar un café con vistas hacia la isla Djugärden

El verano sueco es fresco, pero si te toca una semana calurosa como la que hemos gozado nosotros, con temperaturas superiores a los 27°, disfrutar de las pequeñas playas urbanas que hay a orillas del Báltico puede resultar un planazo. Las familias jóvenes y las cuadrillas de chavales se dan cita en estos lugares perfectos para hacer pic-nic. Smedsuddsbadet y la isla de Langholmen constituyen dos buenas alternativas a las que puedes llegar en 15 minutos de pedaleo desde el centro por vías ciclistas al borde del mar que convierten el trayecto en si mismo en un auténtico placer. Pero el verdadero descubrimiento consistió en alquilar en Langholmen un kayak de dos plazas para pasear durante cuatro horas por la ciudad a través de sus canales y contemplar su vida a vista de pato. Lo pasamos en grande recorriendo las zonas monumentales de Estocolmo, acercándonos a grandes barcos amarrados al puerto y desembarcando en parques idílicos para reponer fuerzas. El plan es fácil y muy razonable de precio.

Lo cierto es que la capital sueca va sobrada de parques, muchos de ellos como sacados de una pintura, con villas de época, patos y cisnes, cafés y embarcaderos. Destacamos el Parque Rosendal, un apacible paraje en la isla de Djugarden, donde echar una siesta antológica o leer un libro bajo la sombra de un viejo árbol. Más urbano y animado resulta sentarse a tomar el sol o comer una ensalada al borde del canal junto a las esclusas de Munkbroleden, en pleno Gamla Stan, la ciudad vieja.

Una de esas maravillosas residencias de verano en los canales que dividen las islas del archipiélago de Estocolmo

Una de esas maravillosas residencias de verano en los canales que dividen las islas del archipiélago de Estocolmo

Sin embargo, la súmmum de la contemplación reside en emprender una excursión en barco por los canales naturales y artificiales que discurren entre las cientos de islas que componen el archipiélago de las afueras de Estocolmo. Existe una amplia oferta y tipología de excursiones que zarpan desde Nybroplan por la mañana, y conviene reservar de víspera el pasaje en las taquillas del paseo marítimo. Nosotros optamos por una excursión de 8 horas que alcanzaba una de las islas más remotas del archipiélago, Sandhamn, un pintoresco istmo con estancias vacacionales, veleros que entran y salen del pequeño muelle y hasta una cala donde poder bañarse. El trayecto, a ratos parsimonioso, discurre entre estrechas marismas fluviales y residencias veraniegas de diversas épocas que dibujan paisajes pictóricos con los que no resulta difícil echar a volar la imaginación. Decenas de casas de ensueño apostadas sobre embarcaderos de madera y cobertizos que más parecen casitas de muñecas.

Pintorescas casas en Sandhamn

Pintorescas casas en Sandhamn

La ciudad es una exposición permanente de cafés y bistrots de aire nórdico a cada cual más sugerente. Nosotros recomendamos Esaia y Schweizerkonditoriet por lo suculentas que pueden resultar las tartas, y Langa Raden y Hjerta (ambos funcionan también como restaurantes pero cuentan con terrazas magníficas en las inmediaciones del Moderna Museet) por sus relajado emplazamiento. En lo que a restaurantes se refiere, poco podemos añadir a lo que dictan los cánones de la gastronomía sueca: visitamos Pelikan para degustar unos aperitivos locales, un steack tartar y unas albóndigas riquísimas y nos quedamos con las ganas de cenar en Urban Deli, un delicatesen alternativillo de aire neoyorquino donde al menos nos tomamos un vino -a precio de escándalo- y donde se combina la tienda de alimentos con el bar y el restaurante. Muy buen ambiente.

En suma, Estocolmo en verano resulta una ciudad ideal y amable, en la que los días se alargan hasta 20 horas y se respira un clima de despreocupado relax, sólo roto por los gritos tipo Matanza de Texas que pegas cuando te metes en las frescas aguas del Báltico, y que es compatible con la actividad y el ritmo propios de una gran ciudad. La programación cultural al aire libre incluye conciertos y representaciones teatrales, y la agenda de fiestas nocturnas ofrece alternativas para diversos públicos todos los días de la semana en barcos -especial mención al Patricia-, pubs y discotecas. Scandinavian Airlines ofrece vuelos desde Biarritz bastante arreglados durante el verano, y si sabes montártelo, se pueden pasar unos días sin gastarte una fortuna.

Denis Itxaso