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No podemos confinar la política en espacios estancos y aislados, ni pensar que la innovación es un factor que incumbe en exclusiva a los centros tecnológicos. Definitivamente urge repensar nuestro sistema de gobernanza y contar con gobiernos capaces de comprender estos problemas

Nunca he sido amigo de desenterrar los viejos agravios del pasado, porque el ejercicio de descifrar las claves de nuestro futuro siempre me ha seducido más, al menos en la actividad política. Pero permítanme una breve referencia a nuestra Historia, esa que nos recuerda la persistencia trágica de divisiones que nos han empobrecido, y que han dejado heridas visibles en nuestra memoria colectiva. Desde las guerras banderizas entre oñacinos y gamboínos, desde las disputas entre carlistas y liberales, la crueldad de nuestros enfrentamientos civiles en el siglo XX, la represión franquista, los años del terrorismo de ETA, del GAL… han sido capítulos largos y dolorosos que nos han hecho sufrir y en los que se ha perdido energía a raudales.

No se tratar de pasar página de nuestras pesadillas, y mucho menos sin haberlas leído, pero la sensación de tiempo perdido constituye una rémora que tenemos que superar. Volviendo a nuestros días, determinadas discusiones bizantinas sobre sentimientos de pertenencia, identidades y soberanías absolutas siguen operando como hábil coartada para tapar otras realidades en las que verdaderamente nos estamos jugando el futuro. En Gipuzkoa, las guerras de familia entre abertzales nos conducen a un paisaje de frustración y a una melancolía política ciertamente muy poco atractiva.

Creo que los guipuzcoanos necesitamos enterrar ese estereotipo sectario, el de la desconfianza entre la capital y el resto del Territorio, y poner en valor el talante liberal, urbano y pujante que desmiente esa caricatura que a veces se ha proyectado de forma exagerada. Necesitamos reivindicar la apertura de mentes y de miradas, abrirnos más al exterior, apostar por Gipuzkoa como tierra de acuerdos y de pactos entre diferentes y ensalzar la empatía poniendo más atención en la manera en que las personas resolvemos nuestros problemas cotidianos.

Este año que se cumplen 250 años de la fundación de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, es un buen momento para evocar el espíritu de progreso y de libertad que aportaron aquellos ilustrados que practicaban la audacia de pensar y de transgredir. Es verdad que la sociedad de hoy es más compleja y compuesta que la del pasado, pero hoy como entonces, persisten poderosas razones para exigir a los gobernantes valentía en la toma de decisiones para no seguir perdiendo oportunidades. La crisis dejará a su paso un reguero de desigualdad, expectativas vitales frustradas, y jóvenes empleando su talento en el exterior por falta de oportunidades aquí. Y necesitamos planificar ese futuro inmediato para evitar que, una vez más, los problemas se pudran en nuestro Territorio o las soluciones se paralicen en debates poco edificantes y plagados de prejuicios, retrasando decisiones estratégicas en polémicas estériles e interminables.

Pongamos las cosas en su sitio. En los últimos 30 años, Gipuzkoa ha experimentado una evolución económica y social sin precedentes, dejando atrás por fortuna momentos de enormes dificultades económicas en la década de los 80 e inicios de los 90, acudiendo a muchas de las cualidades intangibles que están en el ADN del Territorio: una reconocida capacidad de trabajo, su carácter emprendedor y una poderosa tradición industrial.

Sin embargo, paralelamente a esta evolución socioeconómica, la política guipuzcoana sigue obedeciendo a dinámicas del pasado. Creo sinceramente que va siendo hora de acometer una profunda renovación de las instituciones, con el objeto de dar respuesta a las necesidades de la sociedad guipuzcoana del siglo XXI, cultural y políticamente inserta en la Unión Europea. El ejemplo de tantas empresas guipuzcoanas compitiendo en mercados ferozmente globalizados debiera servir para adoptar actitudes audaces en el sector público y alinear a las instituciones en la senda de la utilidad, la flexibilidad y la adaptabilidad a entornos enormemente competitivos. No estamos, reconozcámoslo, a la altura de sectores punteros en Gipuzkoa como la tecnología, la ciencia, las industrias vinculadas a la cultura y el deporte, la manufactura avanzada, la comunicación o el tercer sector, por poner sólo algunos ejemplos de ámbitos que han conocido una profunda modernización. Las instituciones que representan a la ciudadanía están todavía a años luz de esas dinámicas.

La Historia en el siglo XXI se ha acelerado. Vivimos en un mundo plenamente conectado y ello comporta un cambio de paradigma que ha penetrado definitivamente en las universidades, empresas, redes sociales, centros tecnológicos y de investigación. Persistir en las inercias burocráticas y responder desde lo ya conocido, equivale a instalarnos en la resignación. Gipuzkoa representa plenamente a esa sociedad del conocimiento que multiplica el valor añadido de su producto interior bruto a base de insistir en procesos de mejora continua. Por eso creo que no podemos confinar la política en espacios estancos y aislados, ni pensar que la innovación es un factor que incumbe en exclusiva a los centros tecnológicos. Definitivamente urge repensar nuestro sistema de gobernanza y contar con gobiernos capaces de comprender estos problemas.

La Gipuzkoa que reivindico necesita dejar atrás viejos complejos de inferioridad y clichés que hablan de una personalidad introspectiva y cerrada. Si las empresas guipuzcoanas participasen de esa opinión no competirían con la dignidad y la eficacia con que lo hacen a lo largo y ancho del planeta. Y necesita también aprender que los acuerdos permiten avanzar, y no suponen en modo alguno traicionar las ideas de cada cual. Si nos creemos un poco más lo mucho que valemos, si comprendemos que hace falta echarle algo de descaro y de modernidad a nuestros proyectos, si aprovechamos las enormes ventajas que ofrece la sociedad del conocimiento para profundizar en la democracia e innovar en la política, quizás entonces nuestras metas tendrán más posibilidades de prosperar y evitaremos así ese empate infinito al que nos vemos condenados de forma recurrente. Si nos ponemos de acuerdo en todo esto, será más fácil acabar con los agravios comparativos y reclamar el papel que nos corresponde en Euskadi.

Denis Itxaso