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La Inmaculada Constitución

Artículo públicado en EL DIARIO VASCO en Diciembre de 2003

En plenas festividades de la Inmaculada y la Constitución parece poco casual que el calendario nos depare cada vez un puente más corto, como si esta racanería tuviera algo que ver con lo huraño del actual escenario político. En efecto, la doctrina de la inmaculada Constitución ha agotado cualquier expectativa de actualización o adaptación de una norma – por fundamental que ésta sea- a la realidad cambiante de una España que en 25 años ha recorrido un trecho democrático con sus luces y sombras. No seré tan ingenuo como para pensar que hay que rediseñar las reglas del juego para que los fanáticos dejen de ser fanáticos o para dar satisfacción a un nacionalismo que hace de su insatisfacción el leit motiv de su existencia, la de rentabilizar políticamente la confrontación, al igual que la derecha más autorítaria. También sería un error pensar que los que no somos nacionalistas y somos federalistas y socialistas vasquistas convencidos tenemos que renunciar a nuestras posiciones para calmar sus exigencias. Fijémonos en la manera en que el PSC logra ubicarse con personalidad propia en la escena catalana cuando Maragall impulsa una modificación de estatuto de autonomía en clave de izquierdas y superadora de los conceptos decimonónicos de la soberanía.

La mayoría absoluta de las fuerzas de progreso que ha arrojado las elecciones de Cataluña – Ia suma del PSC, ERC e ICV- permite alumbrar un gobierno alternativo a la derecha nacionalista de CIU tras 23 años, y enciende una luz de esperanza a quienes en el socialismo aspiramos a políticas distintas ante la cuestión territorial, más respetuosas con la realidad plurinacional de España que consagra la propia Constitución. Frente al alcanfor rancio de la España de Aznar y Rajoy, inspirada en una visión arrogante y uniformizadora nada respetuosa con la diversidad, Pasqual Maragall sigue representando una esperanza para muchos socialistas vascos, que vemos con envidia que la apuesta por la reforma del Estatut, asumida por la mayoría parlamentaria catalana a excepción del PP, respeta los cauces previstos en las reglas de juego y se hace desde el pactismo y el consenso. Poco o nada tiene eso que ver con los principios trasnochados y unilaterales que caracterizan los planes del nacionalismo vasco de Ibarretxe, siempre subvencionados por el aparato propagandístico del PP, que lo sobredimensiona, lo dramatiza y al que otorga unos altavoces de excepción para alimentar el sentimiento antinacionalista más visceral. Flaco favor se hace a la convivencia y a la idea de Euskadi en España.

Pero más allá del juego cicatero al que estamos acostumbrados, podemos apostar por ampliar el consenso vasco, y que ello sirva para corregir de verdad el problema de integración política, sin exclusiones, sin ganadores ni perdedores y sin buscar de paso una relación de poder ventajosa. Tratar de ofrecer soluciones en el marco de las eurorregiones que se están configurando de manera espontánea en la Unión Europea significa única y exclusivamente profundizar en la democracia y adecuar nuestro ordenamiento legal a las realidades sociales y políticas de este siglo XXI. Por eso, y pese a unos resultados decepcionantes para quienes no ocultamos nuestro entusiasmo por la vía catalanista de Pasqual, nos sigue seduciendo el debate democrático y civilizado de Cataluña que tanto contrasta con la realidad que nos rodea en Euskadi, todavía marcada por la intimidación y la violencia de persecución que sufrimos amplías sectores de la sociedad y los cargos públicos del PSE y del PP (Un abrazo solidario, compañero Estanis).

Las sociedades modernas son consustanciales a los conflictos, sean políticos, económicos, culturales o de cualquier otra naturaleza. La clave de la democracia no es pues dar con el elixir mágico que hace desaparecer ese tipo de conflictos de forma definitiva sino buscar fórmulas y mecanismos políticos y jurídicos que permitan encauzar las diferencias y articulen un sistema estable de convivencia que supere el estado de la brutalidad y de la barbarie. Yo creo que el lehendakari busca esa pócima milagrosa que nos conduzca hacia la tierra prometida, y se equivoca. Sin embargo, sí deberíamos redoblar esfuerzos por explorar vías de arreglo y de gestión de nuestro pluralismo identitario y político porque, siendo de índole identitaria la raíz de muchas de nuestras preocupaciones, ello es algo que hemos de aprender a gestionar con mayor naturalidad y menor tremendismo. Ésa creo que es la gran lección de Maragall, la que nos enseña cómo superar umbrales electorales convencionales ante un público que tiende a votar con las tripas.

En relación al excesivo protagonismo de los sentimientos que tan hábilmente gestiona el nacionalismo, la izquierda no puede obviar que hay nervios y hay emociones en juego. Integrar esa variable en su discurso frente al anodino mensaje de la globalización, y hacerlo de manera laica y compatible con el respeto y la lealtad a las reglas de juego, son el reto a superar. El fenómeno de la vuelta a lo local está generando serios aprietos a Estados de carácter plurinacional y ello obliga a la izquierda a renovar su discurso desacralizando terrenos que parecen vetados para ella.

Lejos de dejarnos atemorizar por la embestida mediática de los sectores más inmovilistas, hay que seguir ocupando las posiciones de cambio porque los socialistas tenemos nuestra propia concepción de la Constitución y de sus potencialidades y sabemos el juego que ha dado este marco legal y el que puede dar. Y tampoco olvidemos que el PP la aceptó como un mal menor.

Hablo de buscar un encaje inteligente y estable que sirva para ofrecer salidas racionales a problemas muchas veces enquistados en la historia, en los que la colisión de nacionalismos sólo contribuye a exacerbarlos desde un visceralismo emocional. El escenario internacional está amargamente teñido de ejemplos al respecto. Abordar esta ingente tarea no implica acercarse al nacionalismo y mucho menos ser filonacionalista, sino profundizar en la democracia y afrontar las cuestiones yendo a sus raíces, más allá de los tópicos propagandísticos y de la retórica que deja pudrir los problemas.

La oportunidad histórica que ofrece el tripartito de izquierdas en Cataluña debería ser un modelo de integración política opuesto al frentismo abertzale basado en los órdagos y en los desafíos que sólo generan frustración y que aportan terapias mesiánicas en busca de una especie de redención universal. Frente a la acumulación de fuerzas basado en el modelo victoria-derrota, apostemos por el reconocimiento del adversario y por la cultura de la síntesis; frente a la imposición unilateral de proyectos, por el pactismo histórico; frente al choque de trenes, por la locomotora común del diálogo y el mutuo reconocimiento, reivindicando los legítimos espacios de coincidencia y de divergencia; frente a la doctrina de la Inmaculada Constitución y de la verdad absoluta, hagamos más política laica, reformista y persuasiva, y reclamemos el ‘desarrollo sostenible’ de la Carta Magna.

  1. Me extraña que puedas pensar que este artículo de 2003 vale también para hoy, teniendo en cuenta la cantidad de referencias a Cataluña.

    Será que cada uno mira hacia su lado, pero leo lo que escribes sobre el PSC, Maragall, el tripartito, no-nacionalismo, posiciones de cambio, pactismo, respeto por la diversidad nacional… y me viene a la cabeza precisamente el independentismo catalán, que ha conseguido aglutinar diferentes sensibilidades dentro de un mismo modelo de integración política, que será, si ellos quieres y les dejan, un país independiente.

    • denisitxaso dice:

      En facebook, donde tengo más espacio para hacer un resumen del post, lo he colgado con este comentario: “Tirando de hemeroteca, desempolvo este artículo que publiqué hace 11 años durante un puente como este. Entonces hablar de reformas constitucionales era un poco más complicado y Cataluña era una referencia de cómo debían hacerse las cosas. Quitando eso, y el terrorismo de ETA, pocas cosas han cambiado”

Denis Itxaso