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Europa: cada loco con su tema

Que durante las campañas electorales cada cual se afane en intentar condicionar la agenda de temas a tratar, no sólo es habitual sino razonable en la política democrática. Las ideologías que definen a cada partido entrañan un marco de valores y de intereses y, por tanto, del contraste de las respectivas ideas de parte debe surgir un debate -a ser posible- constructivo y edificante.

Pero estos días asistimos a auténticos monólogos en los que poco o nada importa lo que diga el rival. Cada candidato trata de fijar un mensaje preconcebido que busca sintetizar en pocas palabras tanto el mensaje como la actitud con la que concurre a los comicios europeos. Y de esa táctica resulta un auténtico diálogo de besugos. Una cacofonía que tiene la virtud de ilustrar gráficamente el dramático déficit de proyecto del que adolece la Unión.

Veo a los partidos liberales y conservadores hablar de lo bien que gobiernan sus respectivos territorios y de lo bien vistas que son en Europa sus políticas. El PNV no se despoja de su ‘I am basque‘ ni de su ‘Euskadi gehiago’ ni siquiera en las elecciones europeas, al tiempo que los representantes del PP insisten machaconamente en el prestigio recuperado por España, un país que sin duda ‘va mejor’. “Nos llaman la Alemania del Sur”, decía ayer González Pons en el debate a seis sin que se atisbara el más mínimo rubor en sus palabras. CiU también apelaba a las reivindicaciones soberanistas y resulta incomprensible que partidos pretendidamente europeístas prioricen este mensaje cuando es precisamente el excesivo poder y protagonismo de los Estados el que está malogrando el proyecto europeo.

Europa es por definición un proyecto de soberanías compartidas, y parece evidente que requerirá de mayores dosis de generosidad de los pueblos si no quiere quedar definitivamente estancada, reducida en su propio jugo. Por eso se echa en falta un mayor vigor de la identidad internacionalista de la izquierda europea que opere como contrapeso a las derechas localistas -nacionalismos con o sin Estado, a estos efectos lo mismo me da-, y a la vez como catalizador de un proyecto europeo que apele a su genética social y solidaria. Porque resulta frustrante asistir a campañas en las que predomina el “¿Qué hay de lo mío?” y en las que se presume de lo mucho que unos y otros consiguen arrancar de las instituciones comunitarias cuando acuden a una negociación sobre reparto de recursos.

La globalización e internet han contribuido por primera vez a la consolidación de una opinión pública transnacional que clama contra las políticas de austeridad que reducen hasta el raquitismo las posibilidades de crecimiento y bienestar de la ciudadanía europea. Las previsiones económicas a 10 años vista hablan de un crecimiento vegetativo como el que padeció la economía japonesa durante lustros, y que en modo alguno permitirá reducir de forma significativa las insoportables tasas de desempleo que se ceban especialmente con la gente joven. Ante semejante carencia de ideas, falta épica, falta relato, falta convicción, falta autonomía y falta valentía para lograr que el proyecto europeo recupere adeptos. Mientras tanto, el euroescepticismo, la xenofobia y la insolidaridad encuentran en este panorama un campo abonado para su temible despliegue.

No podemos conformarnos con que la mayoría de las veces se nos ofrezcan debates circulares, endogámicos y faltos de verdad. Buena parte de la responsabilidad la tienen las derechas nacionalistas, que se ha dedicado a erigir un modelo basado en la desigualdad entre norte y sur y la ruptura de la cohesión social, alma de la fundación europea. Por eso necesitamos que la izquierda recupere en estos comicios la sintonía con los mas débiles, cuya defensa es la razón histórica de nuestra existencia, y pueda reconstruir un proyecto político genuinamente europeo y a la altura del momento trascendental que vive la Unión, los ciudadanos y sus propósitos vitales.

Denis Itxaso